viernes, 2 de septiembre de 2016

Desempolvador de libros... La memoria

AR 

Esta noche me encontraba acomodando lo habitual para sumergirme entre cobijas: Me puse la pijama, sí. Me lavé los dientes, sí. Acomodé las cobijas, sí. Pero esto ya no se trataba de una simple acción cotidiana; no existían los pensamientos vanos ni los problemas inexistentes, ni mis más clásicas introspecciones a lo que durante el día me ocurrió y mucho menos en si lo estaba haciendo bien. Yo pensaba en cómo mi historia estaba siendo contada para no leerse y que entonces… ¿cuál era o es el fin? Como si habláramos de un libro incomprendido que la gente no se detiene siquiera a hojear, de aquellos que te saltas con el dedo en el estante cuando te dispones a ir por una lectura y que quizá piensas “no es lo que busco”. Pero, ¿no es ese entonces el caso de todos mis compañeros que viven con el libro de su historia bajo el brazo? Entonces como si de un susurro se tratase a mi mente vino la siguiente frase: “La historia de cada hombre es esencial, eterna y divina.” En ese momento no sabía si se trataba de aquellas repetidas ocasiones en las que nos decimos a nosotros mismos lo que queremos escuchar. Aunque en realidad poco duró al recordar que se trataba de un fragmento de Demian de Hermann Hesse; un libro que hace tiempo me regalaron y que, como la mayoría de los libros que cumplen su función, toman un lugar en la estantería para caer en el empolvamiento. No lo pensé y en seguida fui a por él, abrí las primeras páginas, me salté el prólogo y me encontré con lo esperado: “Los poetas, cuando escriben novelas, suelen hacer como si fuesen dios mismo y pudieran abarcar con su mirada toda una historia humana, comprenderla y exponerla como si el propio dios la relatase, sin velo alguno, descubriendo en todo momento su más íntima esencia. Yo no puedo hacerlo así, como tampoco los poetas. Pero mi historia es más importante que a cualquier poeta la suya pues es la mía propia y es la historia de un hombre(…) cada uno de los cuales es un ensayo único y precioso de la naturaleza. Si no fuéramos algo más que individuos aislados, si cada uno de nosotros pudiese realmente ser borrado por completo del mundo por una bala fusil, no tendría ya sentido alguno relatar historias. Pero cada uno de los hombres no es tan sólo él mismo; es también el punto único, particularísimo, importante siempre y singular, en el que se cruzan los fenómenos del mundo, sólo una vez de aquel modo y nunca más. Así, la historia de cada hombre es esencial, eterna y divina, y cada hombre, mientras vive en alguna parte y cumple la voluntad de la naturaleza, es algo maravilloso y digno de toda atención. (…) No soy un hombre que sabe. He sido un hombre que busca y lo soy aún, pero no busco ya en las estrellas ni en los libros: comienzo a escuchar las enseñanzas que mi sangre murmura en mí. 

Mi historia no es agradable, no es suave y armoniosa como las historias inventadas; sabe a insensatez y a confusión, a locura y a sueño, como la vida de todos los hombres que no quieren mentirse más a sí mismos. La vida de todo hombre es un camino hacia sí mismo, la tentativa de un camino, la huella de un sendero. Ningún hombre ha sido nunca por completo él mismo; pero todos aspiran a llegar a serlo(…) Todos llevan consigo hasta el fin, viscosidades y cáscaras de huevo de un mundo primordial. Alguno no llega jamás a ser hombre y sigue siendo rana, ardilla y hormiga. Otro es hombre de medio cuerpo arriba, y el resto, pez. Pero cada uno es un impulso de la naturaleza hacia el hombre. Todos tenemos orígenes comunes: las madres; todos nosotros venimos de la misma sima, pero cada uno, tiende a su propio fin. Podemos comprendernos unos a otros, pero sólo a sí mismo puede interpretarse cada uno.” 

No me dispongo a describir la sensación que esto provocó en mí y para los que me conocen, se lo imaginan. Y es que eso de encontrar respuestas momentáneamente e inimaginables, no (me) sucede a menudo. Hoy agradezco a la memoria, a quien me regaló el libro y a la grata emoción que me acompaña, aquella que me dice que no puede ser mejor camino. Hoy sé que el fin mismo es el de la ventura ante mis ojos, ese de tomar por pie hasta el sendero más rocoso y saber que llevo los relatos conmigo. Hoy, de vuelta a mi cuestionante, puedo responder: yo me leo.
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