jueves, 18 de septiembre de 2014

El ámbar que cambió a San Juan

 Por Michelle Aguilar

Hace muchos años en San Juan, en la zona más solitaria, donde cayó el rayo, se encontraba una aldea donde se cultivaba la yuca y el maíz. La gente se reunía en círculo para charlar, sin interés de descubrir el mundo que los rodeaba. Las personas eran de pocas palabras, los jóvenes si acaso conversaban, todo parecía muy apacible y tedioso.


Louis un chico adolescente de 16 años muy curioso y entusiasta por conocer más. El soñaba con un día irse de la aldea para poder conocer las maravillas que el mundo podía ofrecerle. Louis vivía con sus dos padres y era hijo único lo cual era demasiado aburrido para él. Tenía pocos amigos y no compartían el mismo interés hacia lo desconocido como  él.

Asistía a la escuela, era muy inteligente y talentoso, sus padres siempre mostraron orgullo hacia él, pero al  mismo tiempo les preocupaba la cosecha y el poco interés que Louis mostraba en la yuca y el maíz.

Una ocasión decidió dar un paseo nocturno cerca de la montaña sólo para saber que podía encontrar. Y esa misma noche mientras sus padres dormían, tomó un camino para poder averiguar si encontraba algo.

El tenía una buena corazonada, caminó y  caminó, hasta que se detuvo cerca de la montaña y se sentó en una roca a observar el cielo estrellado. Pasaron escasos 10 minutos y nada ocurría, hasta que al levantar un poco más la mirada vio  un destello particular color ámbar bajar rápidamente por el costado de la montaña, era pequeño pero con una  luz suficientemente fuerte para deslumbrar. 

El tuvo un poco de miedo, pero a la vez lo invadió una curiosidad como jamás en su vida. Poco  a poco se acercó y era una piedra muy extraña, tenía una forma abstracta, picos, curvas, bordes, y pequeñas luces que la adornaban. La  piedra dejó de brillar por un momento y sin tocarla decidió dejarla ahí y regresar al día siguiente para ver de que se trataba. Así el regresó en compañía de su amigo Tom para ver lo que anoche le había asombrado. Al llegar ahí seguí la piedra extraña, pero ahora dejaba de brillar no tan resplandeciente como lo fue la primera vez. Louis la tomó y la piedra comenzó a brillar nuevamente, la volteó y la manipuló de muchas formas, la tomó firmemente y la observó, al mover la mirada la piedra se movía a su compás, parecía tener vida propia.
Tom intentó hacer lo mismo pero esta no se movía en absoluto, por más que intentó la piedra no se movía ni brillaba, Louis  volvió a tomarla y sólo con el se movía.

El chico sin duda sabía que tenía algo especial en el, una piedra que sabía le podría cambiar la vida.
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