viernes, 23 de octubre de 2015

Sor Juana Inés de la Cruz


Autora: Nadia Guadalupe María Suazo

Su nombre completo es Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, es una poeta mexica reconocida en México, a mi parecer, ella fue una mujer ejemplar, no por el hecho que haya aprendido a leer y a escribir a temprana edad, ni tampoco por ser una mujer que le gustar el estudio, sino porque fue una mujer que lucho por lo que ella anhelaba, el poder estudiar, sin importar que tuviera que hacer. Me refiero a su vida personal, pues era tanto su afán de estudiar que intento convencer a su madre que la mandara a la universidad, aunque fuera disfrazado de hombre, pues recordaremos que a las mujeres se les prohibía estudiar. Por 1665 entra a la corte del virrey, el cual era Antonio Sebastián de Toledo en ese tiempo ya era conocida por su inteligencia, y la virreina Leonor de Carreto se convirtió en su mecenas (Persona o institución que protege y favorece económicamente las actividades artísticas o intelectuales), con la virreina pudo desarrollar más su talento literario, aun no entiendo su cambio de la corte al convento de San Jerónimo, pero sisé que fue una de las pocas mujeres que se destacaron en aquella época, donde expreso en sus poemas todo lo que sentía. Mi primer encuentro con la historia de ésta gran mujer fue cuando una profesora de primaria, viendo que leía me enseño un poema de Sor Juana, pero en ese tiempo no me llamaba la atención los poemas, fue en la secundaria cuando me volví a encontrar con ese mismo poema que años atrás había escuchado, primero lo que me asombro fue su vida, la cual no se sabe varios datos de ella, pero si da una idea de cómo era ella. Sus poemas los encontré en un libro de más de mil páginas, donde estaban plasmadas sus obras, pero la obra que más me impacto, es una que sin darnos cuenta están en los billetes, la cual se llama “Hombres necios que acusáis”. En el bachillerato llegué a representar esa gran obra que va de la siguiente manera:

“Hombres necios que acusáis”


Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis.

Si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

Combatís su resistencia
y luego con gravedad
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.

Queréis con presunción necia
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Tais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?

Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.

Opinión ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios andáis
que con desigual nivel
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.

¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata ofende
y la que es fácil enfada?

Más entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y queja enhorabuena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada
o el que ruega de caído?

¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?

¿Pues para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar
y después con más razón
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.


“Este que ves, engaño colorido”


Este que ves, engaño colorido,

que, del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido;

éste, en quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores,
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido,

es un vano artificio del cuidado,
es una flor al viento delicada,
es un resguardo inútil para el hado:



es una necia diligencia errada,
es un afán caduco y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.
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