lunes, 20 de octubre de 2014

El portal a los libros

Mr. Mistery

Mi historia es muy complicada de explicar y aún más difícil es el entenderla, comprenderla y creerla, porque lo que les contaré fue verdad, me llamo Ludwig McNight y soy originario de la romántica ciudad de Cambridge en mi hermosa Inglaterra pero actualmente resido en la ciudad de Ámsterdam desde hace ya 7 inviernos, tengo 65 años y una rara enfermedad que ha estado conmigo desde que tengo memoria y que al parecer me asesinará aproximadamente en un par de meses, según los agradables pronósticos de mis médicos. He decidido, en mi lecho de muerte, compartir mi secreto con el mundo, lo mejor de mi vida, la experiencia de mi juventud.

Recuerdo perfectamente cada cosa que estaba a mí alrededor del día en que mi aventura comenzó, era jueves por la tarde, me había aporreado mi maestro de matemáticas por haber sido irrespetuoso con él, ya que le puse unos pares de tachuelas en su silla (se lo merecía) y también me había castigado con retención en el salón después de la hora de salida. Al salir de la secundaria me dirigí hacia la esquina que se encontraba justo enfrente del portón de la escuela, cruzando la carretera, y de la que nos habíamos ganado el título de dueños de ella mis amigos y yo gracias a unas cuantas peleas con otras banditas de chicos de grados más avanzados, en ella estaba sentado Omar sobre la acera con un cigarrillo apagado entre los labios e Iván recargado sobre la pared con un cigarrillo también pero él lo tenía entre los dedos índice y medio de la mano derecha y estaba encendido como tratando de imitar, cada uno al gran Morrison, al llegar a donde ellos, hicimos nuestro saludo especial y nos montamos en nuestras bicicletas para dirigirnos hacia nuestra guarida, la cual era una casa vieja y abandonada que se encontraba a 6 calles de ahí y la que no hacía mucho que habíamos descubierto. Siempre, después de clases nos dirigíamos ahí para charlar de nuestros problemas, de mujeres, de algún tema científico interesante, de grandes personas importantes en la historia, de buena música, de nuestros sueños, nuestros ideales, de lo patéticos que son los adultos, de recuerdos y experiencias, de sexo, de lo grandioso que era ser un niño pequeño y muchísimas más cosas que puedan imaginar o recordar que hace un chico de 16 años, en ocasiones solíamos beber unas cervezas y echarnos un buen porrillo con buena hierba que nos vendía el buen Richard a un precio muy bajo y sorprendente porque era traída desde la exuberante América, o al menos eso era lo que Richard nos decía y que nos la daba barata porque le caíamos bien, Richard aunque siempre comentaba que era una persona acaudalada, muy influyente en el bajo mundo e importante, a mí me parecía un vago cualquiera, que siempre podías encontrar en los callejones bebiendo, fumando, besándose con mujerzuelas, vendiendo su mercancía y en ocasiones consumiéndola también, además siempre traía un aspecto de lo más mugroso, aunque extrañamente, siempre olía muy fresco, ni a alcohol, ni a hierba, ni a tabaco, ni a aroma de prostituta y era muy educado, los policías le saludaban como si saludaran a su vecino por la mañana y como si no supieran a lo que él se dedicaba, era un hombre muy intrigante a nuestro parecer y nos hubiera gustado tenerlo en la banda por varias razones, para tener hierba gratis, porque tenía mucha suerte con las mujeres (todas decían que era muy guapo, desde la directora del colegio que era una anciana de ochenta y tres años, las maestras del colegio, la mamá de Iván, la hermana de Omar y hasta las niñas de primer grado lo decían), también nos hubiera gustado tenerlo en nuestra banda porque él conocía y sabía hacer muchas cosas y de hecho él fue quien nos mostró la casa vieja y abandonada que ahora era nuestra guarida, nos enseñó a cómo entrar y nos había dicho que no había problema con que entráramos en ella y la usáramos para divertirnos un poco pues sus dueños habían muerto en un accidente automovilístico y nadie nos la reclamaría, parecía más como si nos hubiera dado permiso.

Nuestra guarida en el exterior estaba cubierta en su mayor parte por enredaderas y las partes donde no había hierba, se veían ladrillos como despostillándose, dentro de la casa el ambiente estaba frío y húmedo, adentro todo estaba muy obscuro porque no encendíamos nunca esos hermosos y enormes candelabros que colgaban del techo y que parecían sacados de algún palacio real, y tampoco corríamos las cortinas (nos gustaba la obscuridad, nos sentíamos protegidos, era como un ambiente acogedor para nosotros), todos los muebles menos los del recibidor que eran los que nosotros ocupábamos, estaban cubiertos por sábanas blancas y éstas estaban demasiado polvosas, había telarañas en todas las esquinas del techo de todas las habitaciones pero no había arañas, el piso era de duela y se escuchaba ese sonido como de eco al caminar que me parecía muy elegante. En el recibidor, se encontraba un anchísimo televisor que parecía más un mueble y que solo tenía una pequeñísima pantalla, en ella solíamos ver partidos de soccer (solo los de las finales de los torneos porque se ponían bien buenos), también los conciertos de nuestras bandas favoritas de rock (cuando los transmitían) y nuestra serie favorita “The Very Clean Old Man” pero la imagen en el televisor conforme fue pasando el tiempo, se fue haciendo cada vez más pequeña hasta que dejó de servir y el televisor ya solo nos sirvió para poner nuestras mochilas sobre él y para recargar nuestras bicicletas, en el cuarto también había un tocadiscos enorme, con bocina de metal todavía que estaba al lado de esos bellísimos sillones coloniales y de bajo de él, había un cajón donde habían unos cuantos discos de acetato, la mayoría no servía ya por el mucho uso que les dieron sus dueños y nunca supimos de qué música eran, excepto tres de ellos que eran del buen Chopin y sus grandiosas nocturnas, y uno más del gran Vivaldi y sus fantásticas estaciones, no parábamos de escucharlos, los repetíamos una y otra vez a máximo volumen, también sobre una mesa que estaba frente a una ventana que miraba al gran jardín trasero de la casa, se encontraba un enorme radio que a leguas se notaba que era aún de transistores enormes, de los primeritos que existieron, y con el que escuchamos por primera vez al frenético pero delicado y elegante Chuck Berry con su incitador estilo único de rock and roll. En ese cuarto nosotros pasábamos la gran parte de nuestras tardes.

Pero ese jueves por la tarde todo cambió… lo primero que hicimos al llegar a nuestro refugio de la mundana sociedad en la que nos encontrábamos (y en la que aún estamos) fue aventar nuestras cosas sobre el obsoleto televisor y recargar nuestras bicicletas en él, luego pusimos uno de los dos discos de acetato que había llevado Ivanburito para que los escucháramos, la primera rola fue la de “Another brick in the wall” de Pink Floyd por petición mía y en honor a mi querido profesor de matemáticas que me había aporreado unas horas antes y que por su culpa me dolía el trasero y por lo que no me había podido sentar bien por el resto del día (imaginen mi dolor al andar en bicicleta por esa avenida empedrada, no fue lindo), así que canté con toda mi energía y saqué toda mi ira con esa rola, luego me tiré sobre uno de los esponjosos sillones coloniales y cerré los ojos para descansar un rato cuando de pronto, de sopetón y sin previo aviso Omar cortó la música y nosotros nos lo quedamos mirando con cara de “¡¿qué carajos te pasa hermano?!” (Seguía la de “The Great Gig In The Sky”, a saber, una de nuestras favoritas) y a lo que él nos respondió “les tengo una sorpresa putitos” con cara de pillo y se dirigió hacia el televisor obsoleto donde estaban nuestras mochilas y de la suya sacó una pipa de ónix gris con café y con forma en la punta de un cráneo humano, también saco unos fósforos y un paquetito de hierba, le aventó las cosas en las manos a Iván para que preparara nuestro viaje y luego se dirigió hacia el tocadiscos, dijo, vamos a hacer esto con elegancia, y puso a sonar el segundo disco, el cual era nada más y nada menos que de The Doors y luego comenzamos fumar, estrenando nuestra nueva pipa (estaba muy chida porque no se calentaba, aunque estaba muy pesada para sostenerla con la boca), pasaron unas horas mientras echábamos cotorreo, compartimos y comimos lo que habíamos preparado para la tarde, los tres casualmente llevamos lo mismo ese día, emparedado de pollo, bebimos un poco de refresco de cola que teníamos guardado del día anterior, repetimos el disco de The Doors como 7 veces hasta que nos quedamos dormidos cada quién en su bellísimo y acolchonado sillón colonial, teníamos estilo, aún lo tenemos. Cuando me desperté de mi siesta jalé a Iván y a Omar de los pies y los tiré sobre el tapete, fue de lo más monísimo ver cómo revotaban sus cachetes de los dos hacia arriba y hacia abajo después del golpe contra el piso, lo que ya no fue tan lindo fue que los dos se volvieron hacia a mí y me tiraron y me pegaron los dos con sus nudillos en los músculos de mis brazos y piernas, jugamos luchitas un rato hasta que nos cansamos, nos sentamos sobre el tapete central, recargados en el bellísimo sillón colonial más grande y comenzamos a mirar el techo con sus artísticas e intrigantes telarañas, platicamos de varias cosas muy interesantes que tenían que ver con los libros que estábamos leyendo en ese entonces, yo me encontraba leyendo el libro de Charles Bukowski llamado “La Máquina de Follar” el cual me lo había recomendado mucho el buen Richard, Ivánburito estaba leyendo artículos del desafiante Einstein, sobre la relatividad del espacio y el tiempo y sobre la curvatura del espacio; y Omar se encontraba leyendo al romántico Shakespeare y su clásica, famosa y trascendente obra titulada “Romeo y Julieta” (acá entre nos, Omar es bien nena). Después de charlar un buen rato, observando el techo y a sus arácnidas decoraciones, casi a punto de entablar una discusión de hipótesis científicas llenas de imaginación… comenzamos a preguntarnos qué cosas habría en las otras dos plantas que estaban encima de nosotros o en el sótano, “tal vez podríamos encontrar un tesoro” dijo Iván, Omar pensó en cosas más realistas como, “tal vez haya otro televisor que si sirva”, “podríamos encontrar más sofás”, “podríamos bajar una cama para dormir más cómodos que en los sillones”, “podría haber otros tocadiscos más grandes, con más discos” (él siempre ha sido más práctico y menos ambicioso) y yo dije, “podría haber un muerto o un asesino demente que nos ha estado asechando todo este tiempo y que quiere descuartizarnos” y luego dije “o también podría haber una hermosa ninfómana que está encadenada y esperando a que la rescatemos para darnos mucho placer, uno nunca sabe”, Iván y Omar se empezaron a reír de mi chiste y al cabo de unos segundos me dijeron los dos al mismo tiempo “hay que ir a explorar”, Iván dijo: “yo quiero un poco de sexo”, a lo que Omar respondió: “entonces… creo que yo quiero que me descuarticen” y nos reímos. 

Nos levantamos y nos dirigimos hacia las escaleras, eran en forma de caracol y estaban hechas de madera, su barandal estaba demasiado decorado y detallado, se veía muy elegante. Subimos el primer escalón y al pisarlo me entró un presentimiento como daga apuñalada en el pecho, me estremecí con el chillido de la madera, conforme íbamos subiendo me empezaba a sentir aliviado, creo que solo fue como un ataque de nervios, llegamos al primer piso y comenzamos a explorar los cuartos, había un gimnasio, cinco recámaras y cada una con su baño bien equipado con jacuzzi y afectivamente encontramos todo lo que nos habíamos imaginado y hasta más cosas de las que esperábamos, menos al cadáver, al asesino demente y a la ninfómana, hasta encontramos una pequeña caja con diez fajos enrollados de libras esterlinas, como cinco fajos de euros y 8 fajos de dólares americanos, pensamos en bajar la cama más grande y cómoda, una de las cinco televisiones y distribuirnos el dinero; en ese momento pensamos que éramos los dueños del universo sin importar si fuera como decía Newton con su gravedad o como decía Einstein con sus sensuales curvas, decidimos guardarlo donde estaba y no hacer nada más que seguir explorando para después pensar bien las cosas que haríamos, subimos al segundo piso, no sabíamos que más podrían querer o tener los ricos dueños de esa casa y para nuestra sorpresa encontramos un salón de juegos y deportes donde había una cancha de básquet, soccer, tenis, vóley, una mesa de ping pon, unos tableros para jugar dominó, ajedrez, damas inglesas, damas chinas y muchos más juegos que puedan imaginar para divertirse; nos dirigimos hacia la siguiente habitación (éste es un momento muy especial, de lo mejor que nos sucedió en nuestra exploración por esa casa vieja y abandonada) caminamos lentamente y me entró nuevamente ese presentimiento que sentí al comenzar a subir por las escaleras pero esta vez, más que un presentimiento, eran nervios de emoción, de esos que te dan cuando te diriges hacia la chica o el chico que te gusta, recuerdo perfectamente cada pisada que dábamos en dirección hacia esa hermosa puerta de cedro y color maple con detalles entre coloniales y barrocos, cada curva de esos detallados adornos a su alrededor, es la puerta más hermosa que he visto en mi vida, recuerdo perfectamente las caras de Ivanburito y Omar al ver lo que se encontraba en aquella habitación, me pareció ver una lágrima brotar del globo ocular izquierdo de Omar (él es surdo) al ver todos esos enormes aparatos de grabación de ocho canales, y el buen Ivanburito gritó con todas sus ganas casi más agudo que el mismito Robert Plant al ver ese hermoso piano y, yo… bueno, yo reafirme la existencia de dios cuando observé esas preciosas Less Paul, stratocaster, telecaster, y classic artcase, cada una sobre un atril plateado y me exité aún más al ver esa batería Ludwig con tarola de 16, cromada, y sus enormes platillos espectaculares para buenos remates. Habían muchos más instrumentos, bajos, micrófonos, más pianos, guitarras, tambores, trompetas, chelos, violines, trombones, una exuberante marimba y más instrumentos que ni conocíamos.

Nos quedamos el resto de la tarde hasta que empezó a anochecer...

Editado por Felipe G.J
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